martes, 21 de febrero de 2017

Desesperaciòn por crecer

Desde pequeños nos han amedrentado con la idea del crecimiento, en todos y cada uno de sus colores y sabores.

  • Cuando niños, debíamos crecer en estatura y tamaño, para ser fuertes, estar sanos, y evitar cualquier enfermedad que osara aprovecharse de la salud de un joven debilucho

  • Unos años más adelante, debíamos crecer en responsabilidades, llevar adelante el secundario excelentemente, dado que era nuestra única ocupación

  • Ya en la etapa de adolescencia, debíamos crecer en carácter, forjando nuestra personalidad, enfrentando las primeras reacciones hormonales, las dificultades, la timidez, el pavor por lo desconocido y nuestro inicio en el emocionante y cruel mundo del amor

  • En los principios de la adultez, se nos presenta la necesidad de crecer profesionalmente, para poder obtener mayores oportunidades, en un mundo frenético donde se rasgan las vestiduras por los talentos, aunque no así por su reconocimiento

  • En la mitad de la vida sentimos un deseo de crecer en familia, de crear un futuro, de tener una descendencia de la cual estar orgulloso en público, pero a la cual no dejar de apuntalar en privado. Sentimos que necesitamos, necesitamos sentir.

  • Adentrándonos en la vejez, ya no queremos seguir creciendo, pero no podemos evitarlo. Vemos el crecimiento en nuestros nietos, y nos damos cuenta de que el tiempo y el ritmo en el que crecimos es muy distante a los cuales ellos crecen.

  • En nuestra última etapa, desearíamos jamás haber crecido.

Destaco por eso que siempre que se nos solicite, o sintamos el deseo de crecer, tengamos claro el horizonte, el porqué, hacia dónde y hasta cuándo. Ya habrá tiempo para preocuparnos por el cómo.

miércoles, 8 de junio de 2016

Aires de Cambio


Un nuevo viejo tema se me viene a la mente esta noche. Es viejo porque ha sido musa de muchos autores y se ha desarrollado en una gran variedad de gèneros literarios. Es nuevo porque me ocurre a mi, en este momento. Ahora bien, si extrapolamos este momento a mi trajinar por la vida, no es mi primer encuentro con una instancia de este estilo. Entonces sería un viejo viejo tema, mas eso sería retorcer demasiado la idea, y no es la idea... En fin.


Qué complicado resulta cuando uno se ve envuelto en una necesidad de cambio. Es complicado porque uno se encuentra cómodo, tranquilo, y se regodea de sus capacidades y las relaciones personales que ha conseguido. Conoce los límites: sabe qué decir y cómo actuar, cuando utilizar la picardía, cuando la destreza, y el momento justo para dar un paso más allá. El temor más grande es el abandono hacia el desafío, dejar todo atrás y partir hacia un rumbo nuevo que te de aquello que el viento de cambio busca imponer (En un escrito anterior hubiera puesto "que te de felicidad". Mi experiencia profesional me enseñó que el cambio es inevitable, y un par de traspiés personales me mostraron que es necesario el fracaso para conocer cómo levantarse. Es por eso que en esta prosa me inclino por un término algo más genérico respecto a la búsqueda -disculpe señor lector si encuentra este gesto algo vulgar-). 

Sin embargo no hay nada más simple que un cambio. No hay nada más fácil. Solamente uno tiene que cambiar, y eso sería todo. No es necesario ser un pensador eximio para denotar que la cantidad de ataduras es inversamente proporcional a la liviandad para tomar una decisión al respecto. Si tan sólo pudieran ponerse todos los factores sobre una balanza de mercado, y el producto resultara un claro desequilibrio en uno u otro sentido, el proceder saltaría a la vista. Pero no. En el primer pesaje todo queda inmóvil, exactamente en el cincuenta por ciento del asunto. Además, la mente hace que el peso de cada factor termine siendo relativo, en detrimento de otro factor más "importante".

Ahora la intriga que me surge es: ¿es difícil cambiar o lo difícil es decidirse por el cambio? 

He oído cientos de veces hablar de motivación, de satisfacción, de mérito y de algunas otras cosas tan impersonales que hasta me generan temor. Es prácticamente inverosímil creer que cada ser humano va a motivarse, sentirse satisfecho u orgulloso a través del mismo método o con la misma premisa y resultado. Justamente, los caramelos que no entran en un primer intento dentro del frasco son aquellos que se recuerdan, aunque más no sea a través de alguna grosería. Los tiempos que corren (velocistas, diría yo) no permiten el análisis puntual a fin de determinar la casuística de la necesidad del cambio. Mucho menos identificar que tras todos intentos abrumadores de persuasión se encuentra una persona. Preocupa aún más cuando los motivos que originan el deseo de cambio se exponen a viva voz (aunque indirectamente, vale aclarar), y quienes deben percibirlos -y uno entiende que están capacitados para ello- continúan hurgando en su gastada cajita de soluciones premoldeadas. 

El mundo cambió. Nosotros también.

martes, 16 de junio de 2015

¿Exabrupto o esencia?


Sólo ser distinto, muchas veces te 
garantiza la gratuidad de los exabruptos.
La descalificación constante se encuentra a la orden del día. Sin importar si eres negro, blanco, rico, pobre, exitoso, fracasado, heterosexual u homosexual, alguien encontrará un motivo para intentar mostrar su superioridad e intentar redimirte a tu mínima expresión.

lunes, 27 de abril de 2015

Loco un poco nada más (foto by http://majospineda.tumblr.com/)

No conoce de fines de semana, feriados o descanso entre turnos. Soporta tempestades, frío extremo, calor agobiante, y embestidas brutales. Aún así no se rinde.

Deja que lo pinten, que lo llenen de graffitis, que lo golpeen y lo insulten... Incluso permite que lo culpen de accidentes, y que lo acusen de estorbo por no estar sincronizado. Estoico, resiste.

De sus funciones, algunos sostienen que organiza, otros que ordena o dirige. Unos pocos dicen que permite o denega. Él no hace más que mutar entre estados definidos, en un intervalo que tampoco puede elegir.

Aún así, sumido en esa vida mediocre, estructurada, impotente y hasta casi depresiva, existe un momento para expresar su rebeldía. Y el tipo enciende reiteradamente su foco amarillo rozagante, mostrándole al mundo que puede cambiar el rumbo si realmente se lo propone.

Aún en la más adversa de las situaciones, puedes torcer el destino.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Cuestión de adaptarse...

Qué situación incómoda cuando necesitás plata y tenés plata, aunque no en el formato correcto.

-Me ha pasado tener ganas de comprar un chicle, y tener sólo la tarjeta de crédito.
-Me ha pasado ver una super oferta, momentánea, y que lo que hay en mi billetera no alcance, teniendo límite pleno en la tarjeta de crédito que dejé en la mesa de luz
-Me ha pasado subir al colectivo, y que me rechacen por no tener crédito en la SUBE, a pesar de tener los bolsillos llenos de crédito.
-Me ha pasado tener $200 de crédito en el celular, y $15 para comer a fin de mes
-Me ha pasado tener crédito en mi cuenta de mercado pago, y que no sea suficiente para comprar nada
-Me ha pasado tener una tele y colchón nuevos, y no tener plata para comprar una casa donde ponerlos
-Me ha pasado tener un cheque de $10000, un día de asueto bancario
-Me ha pasado tener monedas, y enfrentarme a una máquina de golosinas

La impotencia monetaria misma

lunes, 8 de septiembre de 2014

Mural

Si tu vida fuese un mural, ¿qué pintarías en él? Vieja pregunta que acecha mi mente hace un largo tiempo, y amenaza con pasearse en el inconsciente indeterminadamente...

Comprenderás que como todo amante de la literatura (y novato de la escritura) no es una de mis grandes virtudes la paciencia. Y menos aún si se trata del mural.

Como primera instancia, aunque tuvieras a tu disposición una infinita paleta de colores, tu primer muestra de valor sería tomar el pincel. Todos podemos pintar, mas sentir la oportunidad de crear justo en tus manos, suele ser el gran desafío. ¿Cuántos tendrán el coraje de ser los artistas de su propio destino? Quizás te excedas en colores y garabatos, y aún así no logres pintar. Quizás con sólo uno, y no más de dos palabras, sea suficiente para mostrar tu sencillez y humildad.
Si mi vida fuese un mural, yo pintaría un libro. Un libro para mi es un deseo. La forma de mostrarle al mundo lo que quiero, y mejor aún, quien soy. A su lado plasmaría un árbol, frondoso, con tantas ramas como actitudes, con tantos brotes como ideas.

¿Por qué no pintar una escalera al cielo, donde cada peldaño sea un hito y ser solidario el horizonte? Simplemente porque siento que no podrías hacerlo solo. ¿Queda cobre en tu paleta? Necesitas pintar a tu mascota, para modelar tu compañía... Tal vez decidas pintar una pequeña huella en cada escalón, y así asegures que tus padres están contigo. Tal vez el cielo hacia donde la escalera conduce esté plagado de estrellas, una por cada ser querido que necesites.

Una cueva tenebrosa, de perspectivas lúgubres y escabrosas, dejarían constancia de tus miedos. Un bote de un solo remo sería la escena ideal para tus objetivos. Intrincados, muchas veces confusos y prácticamente inalcanzables. Eso sí: no olvides luego, en algún lugar lejano de tu mural, pintar el otro remo...

Aquí tienes una brocha. ¿Te atreves a pintar?

miércoles, 9 de julio de 2014

PGRP

De pequeño solía creer que la felicidad se hallaba en las cosas grandes, en los objetos más voluminosos. Entonces, creía ser feliz al recibir el presente más importante, el juguete de mayor porte, la prenda más onerosa.

 También creía que cuando uno tenía la fortuna de ser feliz (porque la felicidad no era para cualquiera, sino sólo para quien la merecía) tenía que mostrarlo al mundo entero. Es más, si fuera posible, burlar socarronamente a los infelices, pavoneando mi felicidad por delante de sus narices, sin compartirles siquiera una gota.

Además, pensaba que la felicidad era para un momento, no algo cotidiano. Un cumpleaños, una salida al parque de diversiones, una tarde colmada de pochoclos en el cine. Como si fuera necesario proponerla, buscarla, indagar hasta encontrarla y sólo después, sentarse a disfrutarla.


Con el paso del tiempo, pude darme cuenta que la felicidad no es un momento ni un juguete caro. La felicidad está latente, en todo cuanto quiera y pueda pensar, aguardando a ser descubierta. Serán mi pericia o ignorancia las que me permitan o impidan ser feliz.

Comprendí que la felicidad es un intercambio. Si quiero ser feliz, tendré que desprenderme de mi envidia y egoísmo. Hasta podría contar que la felicidad es un horizonte, y cuanto más dinámico sea mi mundo más se alejará. Mas no puedo dejar de intentar alcanzarla.

Si me lo propongo, puedo ser feliz con tan sólo una sonrisa. Si me lo propongo, puedo ser feliz con tan sólo una lágrima. No necesito nada de gran tamaño. Puedo ser feliz alzando a mi bebé, mientras su mano diminuta intenta abrazar mi pulgar enorme. Puedo ser feliz pateando una pelota, meciendo una hamaca, o haciendo la tarea.

Más allá de poder sentirla y disfrutarla, mi lección más importante ha sido que puedo compartirla, y hacer feliz a alguien más.